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Hoy en día, cada vez más personas se acercan al marketing digital.
Algunas inician con campañas sencillas, otras lo exploran desde herramientas específicas, y muchas lo viven como una vía rápida hacia la monetización. Y todo eso es válido.
El marketing digital ha crecido tanto que ya hay tantas formas de practicarlo como personas que lo enseñan o lo intentan.
Yo también vengo de ahí. Lo hice durante años, y en muchos sentidos, lo sigo haciendo.
Pero con el tiempo, lo que antes era una serie de acciones sueltas se fue transformando en un sistema interconectado, documentado y evaluado punto por punto.
Ya no tomaba decisiones por impulso, sino por diseño.
Ya no lanzaba campañas: las modelaba como arquitecturas funcionales, con entradas, procesos, salidas y retroalimentación.
Y por eso un día entendí que estaba haciendo otra cosa.
No más importante, pero sí más avanzada. No más verdadera, pero sí más compleja.
Una ingeniería del marketing digital.
No lo digo para trazar una línea divisoria.
Lo digo porque reconozco que hay niveles, etapas, formas distintas de aproximarse a esta disciplina.
Y también porque sé que muchas personas están en su primer encuentro con estas herramientas, y es natural que, al principio, lo parcial parezca total.
Este término no busca invalidar otras formas.
Solo señala que cuando la experiencia, la interdisciplinariedad y la necesidad de estructura se encuentran, aparece otra forma de hacer marketing: más consciente, más rigurosa, más completa.
No es un rechazo al marketing digital.
Es el siguiente paso natural para quienes lo han vivido, lo han pensado y lo han construido durante años.
Y ese paso necesitaba un nuevo nombre.